Llegué a Darjeeling una noche de fines de enero. Hacía mucho frío y la ciudad a los pies del Himalaya se descubría a retazos, entre callecitas húmedas, angostas y trenzadas entre edificios vetustos, de una altura que no alcanzaba a ocultar el extraño cielo violeta y próximo. Como todas las ciudades de la India, había en el aire esa pobreza digna, con rasgos de humanidad, de orgullo que en esta ciudad en particular estaba enmarcada por algo gigantesco, inaccesible, misterioso, que en aquella penumbra nocturna aún no alcanzaba a comprender.
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Mi pensión se llamaba Magnolia, y me extrañó que el cartel estuviera escrito en lengua occidental. Tenía dos pisos, era estrecha y ajustada, con una puerta de vidrio a la calle. Me atendieron con extremada amabilidad y no pude contener mi alegría cuando comprobé que la habitación era amplia, limpia, y tenía un baño con ducha y agua caliente.
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Pero la sorpresa mayor fue cuando un joven, probablemente hijo del dueño, tocó a la puerta poco después de que me instalara, y me entregó una bolsa con agua caliente, algo que me pareció tan inusual como generosamente necesario en esa noche helada y silenciosa.
Pero el albergue aún me reservaba otra sorpresa: cuando me disponía a dormir, algo empezó a dar inexplicables saltos dentro de la cama, y a los pocos segundos vi que una laucha espantada surgía -similar a una aparición de las Mil y una noches- de entre las sábanas, dio un salto aéreo e inmediatamente se extravió en los vericuetos de esa habitación. Como en otras ocasiones ya había descubierto esas minúsculas lauchas en los lugares más impensados, y las había visto huir despavoridamente de la presencia humana (vi entrar y salir una de ellas de la mochila de un huésped en un hotel cerca del Taj Mahal, antes de que ni el mismo dueño de la mochila se diera cuenta), el episodio sólo me causó risa.
Por la mañana, Darjeeling recuperó su población callejera que durante la noche –como en toda ciudad india- había desaparecido. Sin embargo no se trataba de las abigarradas multitudes de Nueva Delhi ni de los desfiles de visitantes o creyentes de Agra o Varanasi, sino de mercaderes y habitantes mucho menos numerosos, envueltos en bellísimos chales y saris tejidos y bordados, de piel clara, y rasgos pronunciadamente orientales. La ciudad era algo más limpia que el resto de los lugares que ya había visitado en ese largo viaje que allí concluía su etapa india, y parecía como si sus casas y sus habitantes estuvieran siempre murmurando un secreto respetuoso, o espiando por el rabillo del ojo algo que se cernía a través del cielo cercano, algo invisible y majestuoso que indicaba la inefable presencia de lo sobrenatural.
Pero ya bastante había abrevado mi alma en esa atmósfera que se respira en la India, hecha de incienso, rezos, miseria, barro, santidad y mendicidad, serena aceptación de la existencia y armoniosa comunión con el mundo. Darjeeling no era igual, el misticismo indio flotaba, es cierto, sobre todas las cosas, pero aquí se respiraba una cierta diafanidad que no sólo era la consecuencia de la altura, sino de otra cosa.
Visité un santuario al que se llegaba a través de un sendero trazado entre esos extraños árboles que sólo he visto en la India, y que parecen tan acostumbrados y arraigados a la vida como los mismos habitantes del lugar. Era un camino largo y caracoleaba hasta llegar a la cima de un cerro verde. Allí se encontraba uno de los santuarios más hermosos, ni lejanamente tan suntuoso ni gigantesco como otros tantos que había visitado, pero que a esa hora del día se bañaba de un oro triste y místico. Alrededor había distintos altares con bellas imágenes de Shiva, Ganesha, Brahma, y toda la construcción estaba rodeada por cientos de cilindros de bronce con inscripciones, de manera que se podía circundarla haciendo correr la mano por los cilindros, y una música extraordinaria se elevaba al cielo para avisar a los dioses que alguien estaba rindiéndoles homenaje.
Caía la tarde, y con ella llegaba un crepúsculo en el que llovía desde todas partes un sereno polvillo radiante. La ciudad iba cerrándose sobre sí misma como la flor del loto sobre la que se detiene Vishnú en su perfecta belleza. Muy pronto la Luna india, la más grande del mundo, empezaría a recorrer las calles en busca del alimento sagrado ofrecido en los templos, en los umbrales de las casas, y en los altares enclavados en cada esquina.
Al día siguiente, bajo un sol transparente y tibio, emprendí el camino hacia el refugio tibetano donde se criaban y educaban los niños escapados del Tibet tras la invasión china. La idea me cautivaba, había leído y escuchado tanto acerca del Tibet, incluso recordaba los libros que en su juventud leía mi madre sobre el espíritu tibetano, y conocía muy bien la historia de la invasión china, el exilio del Dalai Lama y la ocupación de la legendaria ciudad de Lhasa. Abordé la marcha hacia las afueras de la ciudad, y me fue extremadamente arduo encontrar una orientación sobre el sitio donde estaba emplazado el refugio. No había carteles indicadores, y los pocos transeúntes que interpelaba me daban referencias tan vagas que podría dirigirme con ellas en cualquier dirección.
Empecé a bajar escaleras fracturadas rodeadas de casas, árboles, baldíos, y más escaleras y escaleras. Un hombre que llevaba una canasta con verduras de especies y texturas totalmente desconocidas para mí, se detuvo sonriendo al ver mi extravío y me indicó con amabilidad –hablábamos un inglés tremendamente improbable, pero por lo mismo muy significativo- la dirección por donde debía caminar para encontrar el refugio tibetano.
Nunca hubiera imaginado que había que descender cientos, miles, tal vez innumerables escalinatas de todas las formas, tamaños, extensiones e inclinaciones para llegar a destino. Parecía como si ese refugio se encontrara en las entrañas mismas de la montaña. Tal vez yo mismo no recordaba que para acceder a Darjeeling había tenido que ascender durante horas por tortuosos caminos, en un ómnibus que muchas veces estaba más cerca de los precipicios que de la pared de roca. Finalmente llegué hasta un templo budista profusamente adornado con flores naturales y artificiales, construido dentro de una suerte de sala prácticamente toda ocupada por la fantástica estatua de un Buda dorado, casi velado entre los humos fragantes de los inciensos.
Después de tantas y tantas escalinatas, de tantos giros y asombrosos paisajes, el refugio pareció desierto, silencioso, casi como si hubiera sido abandonado. ¿Dónde estaban aquellos niños tibetanos? Bajé hasta el espacio central, simplemente un terreno vacío, alrededor del cual se levantaban las construcciones semejantes a viejísimos galpones donde funcionarían –pensé- la escuela y los lugares públicos. Había una pequeña tienda de recuerdos del Tibet, pocas cosas, humildes y coloridas, que mostraba con dulzura una mujer madura de sonrisa oriental.
Enfrente, en otro de esos galpones, funcionaba un museo, cuyas salitas polvorientas parecían más vetustas y abandonadas que las mismas cosas que estaban expuestas. En el centro de una de ellas había una maqueta de la ciudad de Lhasa, parecida a una Troya que hubiera sobrevivido al tiempo. En las paredes había fotos de ciudadanos tibetanos vestidos con sus ropas características, adecuadas al frío de las cumbres himalayas, y en algunos estantes se mostraban sellos tallados en madera que databan quién sabe de qué épocas y que habrían sido llevados a ese refugio entre las pobres pertenencias de los que lograron escapar de las persecuciones chinas y fueron acogidos en la India.
Salí de allí un poco desolado, preguntándome dónde estarían aquellos niños tibetanos sobre los que había leído en los libros. Pensé que tal vez ese día, aprovechando la tibieza del sol invernal, los habían llevado de excursión a alguna ciudad india, pero la debilidad de mi hipótesis se esfumó con la primera brisa que anunciaba la declinación del día.
Seguí caminando por ese lugar entristecido y cargado de sigilo, cuando vi a una vieja mujer parada en la puerta de una casita de latas y madera. Su cara era una orografía quizás más herida que las laderas y las cumbres rocosas que nos circundaban; su mirada se perdía en una tarde que era otra tarde, o todas las tardes; y toda ella emanaba un silencio que iba más allá del camino de escaleras, de las calles de Darjeeling, de la India misma.
–Estos son los niños del Tibet, me dijo una voz interior. ¿Cuánto hace que China los invadió? -me pregunté a mí mismo. –Hace más de setenta años… murmuré y comprendí en ese momento que por eso no había niños. Estos viejos son los niños, los niños que escaparon del Tibet y se refugiaron aquí. Todavía están esperando.
No sabría decir cómo regresé, cómo trepé por los miles de escalones tortuosos que enmarañaban las montañas donde se escondía ese melancólico refugio. Hay algo de lo cual es inútil refugiarse, y es el tiempo.
A la madrugada siguiente debía regresar a la ciudad de la cual había partido, para emprender ahora el camino a Nepal, mi próximo destino. Algo incierto se agitaba en mi corazón, pero no le encontraba nombre ni razón. En las ventanillas de la camioneta destartalada que me llevaba a los tumbos hacia abajo, lejos de Darjeeling, empezaban a reflejarse los primeros rayos de un sol milagroso y blanco.
Fue entonces cuando tuve la revelación: giré la cabeza, miré hacia atrás, y entonces lo vi. Magnífico, omnipotente, sobrenatural, esculpido hermosamente en el cielo de Oriente, el Himalaya surgía apoyado en las nubes flotantes que pronto volverían a esconderlo. Porque los ojos humanos no están hechos para ver las cosas de otros mundos, y ese dios majestuoso y trascendental descubría su rostro sagrado en ese único instante, que yo sentí como un regalo a mi pequeña, ínfima humanidad.
